El estrés, esa temible pandemia de los siglos XX y XXI en el Occidente del supuesto bienestar, es, por otro lado, una fuerza que ata y comprime a la tarea necesaria y urgente, que reduce, que ancla, que encoge nuestro ánimo, nuestro espíritu, nuestra creatividad, nuestra capacidad de volar.
Para mi, últimamente muy sufridor de la pandemia, ha habido épocas en que he sentido de una forma casi física, cómo la lectura actuaba de válvula de escape, he sentido como se reducía la tensión, como se liberaba la mente al leer un poema. He vivido la reducción de revoluciones que suponía tumbarse en la cama a leer una buena novela en el inicio de un prometedor fin de semana.
Sin embargo, últimamente la enfermedad se ha agudizado tanto que ya no siempre responde al tratamiento. A veces, la sensación de estrés es tan aguda que la mente se niega a fijarse en lo leido, y mucho menos a escribir y crear. Se escapa al inframundo de la tensión y los problemas incapaz de volar por cielos azules.
A lo mejor, si la enfermedad se ha agudizado, el diagnóstico no es que el tratamiento haya fallado. A lo mejor, contra el estrés, lo que debo hacer es aumentar la dosis de literatura.











